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A pesar de los pesares, los dignos cucapá persisten en su lucha

 

La Otra Campaña del EZLN, mantiene un campamento en territorio indígena Cucapá en Baja California, México. La autora del siguiente artículo nos cuenta que es lo que está pasando ayá.

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Crónica de la lucha, las vivencias y el tesón de un pueblo, los Cucapá, que se resisten a ser aniquilados por el poder del Estado

19 de abril de 2007

LOOL, EN EL MAYOR CUCAPÁ

A pesar de las amenazas y el acoso gubernamental,
los dignos Cucapá persisten en su lucha por la vida

Por Margarita Salazar, enviada
/ La Otra del otro lado.

El Mayor Cucapá, Mexicali, BC.- El viento es impredecible. Arrastra con violencia un mar de tierra suelta; el polvo penetra por la nariz y la boca provocando una sofocación insoportable. La marea comienza a meterse al delta del Río Colorado y, este día, los peces se desplazan como flechas veloces en mar abierto. Después de varias horas de espera, algunas de las viejas pick up que transportan el pescado, regresan vacías a El Indiviso, uno de los poblados en que viven los pescadores Cucapá. Finalmente, la persistencia y esfuerzo transformarán el cansancio, el frío y el hambre, en sonrisas de satisfacción.
La paciencia de los indígenas resulta admirable. Su resistencia frente al mal tiempo y la pobreza también es sorprendente. Mientras algunos campamentistas tosen y estornudan sin parar ante la gran polvareda, y el frío intenso les provoca síntomas de resfriado, los Cucapá esperan que las lanchas de motor regresen a la zona conocida como El Sanjón, a 22 kilómetros de distancia de El Indiviso.
En las viviendas del pueblo, el agua potable es escasa, por lo que su consumo diario exige un uso limitado. Dos contenedores de plástico almacenan el vital líquido que se utiliza para lavar trastes y la higiene personal. Nada se salva del baño de tierra en el interior de las casas. La tierra en el cuerpo se convierte en una segunda piel que al principio incomoda pero a larga, uno termina adaptándose.
La espera de los pescadores se estira un día más. Desde la madrugada comienzan los preparativos para el segundo de cuatro días de pesca. Antes de que salga el sol, Hilda Hurtado prepara café y tortillas de harina. Cocina unos deliciosos frijoles y huevo. Todos los pescadores tienen que desayunar en ese momento porque ya no habrá comida hasta la noche. Lo poco que hay, se comparte entre todos.
Nuevamente, desde El Indiviso, parten varias camionetas repletas de pescadores. Atraviesan el desierto entre caminos accidentados y polvorientos. Cuando sopla mucho viento, las rutas de regreso a casa se vuelven confusas y, en un descuido, los conductores se descubren totalmente extraviados. La estrella de oriente es su única guía.
Cuando baja la marea, la ribera del delta de lo que fuera el Río Colorado, se convierte en una barranca de aproximadamente dos metros, por la que los pescadores deslizan sus pangas en una rampa de tierra. Otra vez, el viento sopla fuerte y cubre de polvo los cerros que se encuentran hacia el sur; es señal de que las olas estarán muy bravas. La cosecha de peces es poca.
Durante la espera, los niños Cucapá juegan a ser como sus padres, y cargando un racimo de pececitos, se imaginan que acaban de regresar de la “y griega” como llaman a la zona donde atrapan bastante pescado.
El sol quema pero el viento se encarga de enfriar el cuerpo. Es otro día más en la lucha de los pescadores por sobrevivir. Las familias Cucapá aprovecharán al máximo esta marea pues la pesca de curvina grande solamente es una vez al año; más adelante podrán pescar curvina chica pero en menores cantidades.
A unos 15 kilómetros del pueblo hay un muro de tierra que los pescadores colocaron para contener la marea cuando ésta se desborda. Desde ahí, un cuervo vigila a los transeúntes. De acuerdo a las creencias Cucapá, la presencia del cuervo es señal de buena suerte.
A diferencia de los dos días anteriores, el sábado 14 de abril, la jornada de pesca resulta abundante. Las pangas van y vienen de la zona núcleo, donde las aguas del Mar de Cortés se introducen a la cuenca de lo que queda del Río Colorado. Al final del día, cada panga logra atrapar entre dos y cuatro toneladas de curvina golfina.
Los Cucapá forman parte de una cooperativa de producción rural que agrupa a 36 unidades de pesca. En cada marea se calcula que los cooperativistas logran capturar alrededor de 400 toneladas, cantidad mínima en comparación a las 2 mil 800 toneladas que capturan pescadores del Golfo de Santa Clara, sin ser molestados por las autoridades.

Acorralados por el gobierno
En junio de 1993, la Secretaría de Desarrollo Social, por orden del entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari, publicó el decreto en el que declara a la zona núcleo de pesca como Reserva de la Biosfera, y con ello queda prohibida la pesca en el área.
Dos años después del decreto, los indígenas Cucapá, comenzaron a ser hostigados por personal de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) y elementos armados de la Secretaría de Marina. Estos se internan a la zona de pesca; corren a los pescadores amenazándolos y con frecuencia decomisándoles sus redes y pangas, con todo y pescado. En una ocasión, en su intento por quitarles el equipo, los “profepas” chocaron una embarcación poniendo en riesgo la vida de los ocupantes.
En el 2004, empleados de la Profepa decomisaron la panga de Lucía Macías Hurtado, quien entonces estaba embarazada. Ella se encontraba en el sanjón y al enterarse, quiso oponerse a que se llevaran la embarcación. Los soldados cercaron el lugar para impedir que se acercara; sin embargo, ella intentó reclamar sus pertenencias. Al acercarse, un soldado cortó cartucho y le apuntó el arma al vientre. Sobreponiéndose al miedo, exigió que le devolvieran la panga, y apoyada por el resto de sus compañeros, logró recuperarla.
Actualmente, la pequeña Carmen, quien habitaba el vientre de Lucía, y ahora tiene tres años, juega con el resto de hijos de pescadores, mientras esperan que regresen del mar.
Aparte del constante hostigamiento de marinos y personal de Profepa, frecuentemente los pescadores son intimidados por los retenes militares que se colocan a la entrada de El Indiviso y que les exigen someterse a una revisión “antidrogas” en pleno desierto.

El agua, apresada al norte de la frontera
La medida gubernamental empeoró la de por sí difícil vida de los indígenas. En 1944, los gobiernos de Estados Unidos y México firmaron el Tratado de Aguas, por medio del cual los vecinos norteamericanos se abrogaron el derecho del 80 por ciento del caudal del Río Colorado. Además, a partir de la década de los 60, los estadounidenses construyeron una serie de presas -entre ellas la presa Hoover, que se encuentra cerca de Las Vegas, Nevada-, lo cual disminuyó aún más el caudal del Río Colorado.
Anteriormente, éste mantenía húmedo el territorio Cucapá, donde abundaban las especies de flora y fauna, pero desde entonces la vida comenzó a extinguirse en el área. Las posibilidades de sobrevivencia para los indígenas también disminuyeron.
La prohibición de pesca bajo el argumento de proteger a especies en peligro de extinción como la totoaba y la vaquita marina, colocó a los indígenas Cucapá en una situación que los amenaza con desaparecer como pueblo, al convertir en un delito la actividad económica que les ha permitido vivir durante cientos de años como pueblos originarios de la región.
Por ello, desde hace una década, los Cucapá han realizado un largo peregrinar por todas las dependencias de gobierno en busca de que se respete su derecho a ejercer la pesca como parte del usufructo a los recursos naturales que existen en su territorio.
Desprecio e indeferencia ha sido la respuesta en las oficinas del gobierno estatal y federal. Su lucha ha sido llevada a foros internacionales como el de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, ciudad en la que los indígenas también se sintieron extraños y discriminados.
Como una forma de respaldar al pueblo Cucapá en su lucha, las organizaciones, colectivos e individuos que forman parte de La Otra Campaña, que encabezan ahora 12 comandantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), instalaron un campamento que inició el 26 de febrero y terminará a finales de mayo.
El objetivo es acompañar a la comunidad Cucapá durante la temporada de pesca, además de recorrer otras comunidades indígenas de la zona que de igual manera, se encuentran en peligro de desaparecer como los Kiliwa. Además de estos, en la geografía del noroeste mexicano se encuentran asentados los Pai Pai y Kumiai.
A decir de los Cucapá, en esta temporada de pesca el acoso de los agentes de Profepa ha sido casi nulo y ellos razonan que se debe a la presencia de La Otra Campaña.

La pobreza exige
Con pangas -lanchas de motor pequeñas- la actividad pesquera de los Cucapá es muy rudimentaria. En muchas ocasiones, en plena temporada de pesca, los viejos motores ya no responden por lo que los Cucapá pierden la oportunidad de obtener un ingreso que les permita sobrevivir el resto del año. El costo de un motor nuevo oscila entre 70 y 90 mil pesos, por lo que para los Cucapá resulta mejor repararlos.
Bajo estas condiciones, la actividad pesquera implica arriesgar la vida, e inclina a los pescadores a buscar señales que indiquen el estado del tiempo. Para saber si las condiciones climáticas serán favorables, los pescadores han aprendido a interpretar algunos indicadores naturales como las fases de la luna, distinguir los diferentes aullidos de los coyotes y la dirección en que corren los vientos.
Cuando el aire sopla muy fuerte, el oleaje es violento. Sacude las embarcaciones, provocando un intenso dolor de espalda; los pescadores terminan empapados en una helada agua de sal, tiritando de frío. Muchos concluyen el día congelados al punto que se les dificulta mover el cuerpo. Eso sucedió a Mónica González, quien al tratar de salir de su panga, se dio cuenta que no podía moverse; no le quedo más remedio que permanecer en ella hasta que la lancha fuera remolcada por una camioneta pick up.
El sol se ha ocultado y las estrellas se muestran alegres ante quien recuerde buscarlas. Congelados, exhaustos y hambrientos, los pescadores han cumplido la mayor parte de la faena pero aún falta la parte decisiva de su trabajo. Después de trasladar el pescado a El Indiviso, donde el comprador los espera, los Cucapá tienen que hacer fila para vender su producto.
Por cada kilo de curvina, los pescadores reciben ocho pesos. En un enorme trailer equipado con sistemas de refrigeración, el pescado es trasladado al mercado de La Viga, en el Distrito Federal, así como a otros mercados de los alrededores, en donde el kilo de curvina cuesta al consumidor entre 25 y 30 pesos.
La mayoría de veces, los pescadores esperan toda la noche para vender el pescado; en ocasiones, el comprador no les paga el mismo día sino semanas después.
¿Como le hacen para aguantar tantos días sin dormir?, se les pregunta. Los pescadores responden que algunos toman café cargado o entre familiares se turnan para dormir unos minutos. Algunos descansan un rato sobre la tierra suelta, en medio del inclemente frío del desierto.
La vida en Cucapá es dura, como lo es para el resto de los pueblos indígenas y campesinos de México. A pesar de las dificultades, los indígenas Cucapá sostienen que seguirán luchando por no desaparecer como pueblos, por mantener viva su estirpe y su cultura…y para ayudarnos a vivir la experiencia de la solidaridad.

MS/ABC

 

by. CMI Chiapas. 

 

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