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Esta quincena en Contralínea.

El diario de un espía del EMP

Zósimo Camacho


Baluarte era el nombre en clave del agente asignado por la sección segunda del Estado Mayor Presidencial para espiar a los grupos guerrilleros ERPI, EPR y TDR en Guerrero. Bitácora y borradores de informes -entregados a campesinos me%u2019phaa y nu%u2019saavi al ser descubierto- dan cuenta del acoso castrense contra los paupérrimos pueblos de la Montaña y Costa Chica de Guerrero, los cuales, sin pruebas, son vistos como conspiradores
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La Montaña, Guerrero. A hurtadillas, Baluarte garrapatea nombres y siglas, y describe rostros y complexiones. También anota las partes que considera “subversivas” de los discursos pronunciados. Agazapado bajo su disfraz de “indígena” en los márgenes del mitin, se da tiempo de sacar de vez en vez una pequeña cámara reflex -pues no puede ostentar una digital en la zona más pobre del país- para discretamente tomar fotos y guardarla nuevamente en su morral jaspeado.

Es el mediodía del 7 de junio de 2002 y frente a él -y una muchedumbre de 600 personas- desfilan oradores provenientes de 20 pueblos de la Costa Chica y Montaña guerrerenses. La mayoría de las comunidades que se dan cita pertenecen al municipio de Ayutla y están habitadas principalmente por indígenas me’phaa, o tlapanecos, y nu’saavi, o mixtecos. Conmemoran el cuarto aniversario de la masacre de El Charco, cuando 11 campesinos fueron acribillados por elementos del Ejército Mexicano.

La ceremonia tiene lugar en la misma primaria donde ocurrieron los hechos sangrientos que la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) reportó como un enfrentamiento de elementos del Ejército mexicano con integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI). Los indígenas rechazan la versión de las autoridades y aseguran que se trató de una matanza de campesinos indefensos. Como entonces, la humedad del ambiente y el cielo encapotado anuncian la lluvia nocturna que aplaca la tierra rojiza de la montaña.

Baluarte calza huaraches, viste pantalón de mezclilla y camisa a cuadros; lleva paliacate al cuello, morral de hilo que cuelga del hombro derecho y sombrero costeño. Mira detenidamente rostros y actitudes. Tiene como misión identificar a integrantes de “grupos subversivos” y se vale de efectivos del 48 Batallón de Infantería infiltrados en las comunidades desde hace años, entre los que destacan –según se desprende de los propios informes de Baluarte– Alfonso Morales Silvino, indígena me’phaa quien se hace pasar como simpatizante de las decenas de organizaciones políticas y sociales de la Montaña y Costa guerrerenses.

Pero el cazador está siendo observado. Un grupo de indígenas recuerda haberlo visto con otra vestimenta semanas atrás y lo siguen disimuladamente. La conducta de Baluarte es analizada y finalmente le piden que se identifique. Nadie lo reconoce como vecino de alguna comunidad y decide hacerse pasar por periodista. Ofrece el nombre de un diario inexistente pero no logra acreditarse como reportero. Él mismo abre su cámara reflex y vela el rollo. Asegura que no quiere problemas y entrega su “libreta de periodista”.

Los indígenas lo dejan marchar. Aseguran que no le preguntaron su nombre y ni siquiera pusieron cuidado en el transporte que utilizó para abandonar la comunidad a la que se llega sólo por una brecha accidentada que parte de la cabecera municipal. A Baluarte no se le volvió a ver por ninguno de los pueblos. El informe más antiguo del cuaderno que entregó tiene fecha del 26 de abril de 2002, mes y medio antes de ser descubierto.

...Leer artículo completo en la página de la revista Contralínea. 

 

 

 

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